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UN CUENTO, BASADO EN UN HECHO REAL.

Siempre quise escribir y cuando tenía quince años lo hacía en varios cuadernos, que dividía en distintas materias. Mi gran sueño era poder llegar a escribir, algún día, un libro. Y fueron pasando los años, incluso decenios. Y así iban quedando varias páginas inconclusas, porque el sueño de iba multiplicando. Ya no sería uno sino varios libros. Pero a veces dudo que logre cumplir esos sueños. La vida laboral me ha absorvido y nunca me dediqué cien por ciento a esa tarea pendiente.

 

Para prepararme intelectualmente empecé a escribir en varias páginas web que abrí. Luego seguí escribiendo en mis blogs. Pero creo que ha llegado el momento de empezar a terminar algunos trabajos. Uno de los trabajos es una novela de ciencia ficción, más o menos al estilo de Mundo feliz, de Aldoux Haxley. Estoy consciente de que se trata de un trabajo que requiere mucho tiempo y mucha investigación. No quiero que ni siquiera los personajes de la novela entreguen información errónea.

 

Por ahora iré escribiendo algunos cuentos cortos, como el que presentaré a continuación. El cuento se basa en un hecho verídico. No es ficción. Digamos que es un relato-denuncia. No se trata de acusar a personas sino revelar situaciones que tal vez nadie imagina. Ustedes podrán juzgar.

 

LA VACA DE LA QUEBRADA

Un cuento basado en una historia verídica, en una zona del Estado Zulia, en Venezuela.

El pequeño hombrecillo, anciano ya, estaba buscando el lugar por donde salía un fuerte olor a podrido. Ese día, el anciano llevaba consigo una cámara fotográfica.

Un vecino le había contado que en el lindero entre su parcela y otra había una vaca muerta. Quería sacarle una fotografía, para enviarla a los propietarios de la vaca, porque las incursiones de sus animales en su parcela eran muy frecuentes y habían acabado con todos los cultivos, producto del trabajo de varios meses.

El hombrecillo llevaba una corta pero tupida barba blanca. Estaba quemado por el sol y se veía muy delgado. Durante mucho tiempo había trabajado la dura tierra de la parcela para poder sembrar. Pero todo lo que había hecho se había perdido.

Después de mucho buscar, el pobre campesino logró encontrar el lugar de donde venía el hedor. La vaca estaba hundida en la enorme zanja, allá en lo más bajo de la quebrada. Era una vaca de color marrón claro. Era, digo porque ya no era una vaca. Era un cadáver. Su cuerpo estaba hinchado, por la descomposición bacteriana que estaba sufriendo. El olor era intenso y el hombrecillo tenía dificultades para respirar, cuando se acercó para fotografiarla.

El cadáver estaba allí desde hace tres o cuatro días. La vaca había pertenecido a un rebaño de aproximadamente 80 animales, entre vacas, becerros y el toro, que deambulaban entra varias parcelas, en busca de comida. Esos animales estaban en cualquier sitio, menos en la parcela de sus dueños, ocasionando todo tipo de destrozos, pisoteando hortalizas y quebrando retoños de pequeños árboles frutales.

No se podía ver todo cuerpo del animal, porque había mucha vegetación en la quebrada. Sólo se podía ver la parte inferior, desde el lomo, por el lado izquierdo. Las patas estaban cubiertas de lodo. Una vez tomadas las fotos, el anciano se alejó del lugar, con mucha tristeza. No tristeza por el cadáver del animal. Era tristeza por todo lo que es animal muerto significaba para la comunidad y para el país. No era el único animal que moría en circunstancias parecidas. Era la tercera vaca que moría, además de varios becerros. Y eso, mientras en otros lugares había gente que no podía comer carne.

Lo más doloroso era saber que estos animales que morían en las quebradas o los pastizales habían sido comprados por sus dueños con dinero otorgado en crédito por un organismo estatal. Es decir, era el dinero del pueblo.

Negras siluetas se desplazaban en el aire. Eran las sombras de unos enormes buitres, llamados zamuros. Más arriba se los veía planear. Iban de un lugar a otro y de pronto se posaban en los palos de una cerca o en las ramas de los árboles. Era entonces cuando se oían unos fuertes aleteos y se podía ver la enorme dimensión de sus negras alas.

Cada mañana y cada tarde se juntaban más zamuros. Daba la impresión de que en cada poste había un zamuro y que en cada árbol había una docena de ellos. Parecían esperar su turno, como si hubieran reservado sitio en un palco de teatro, para participar de una gran actividad, que en realidad era un festín. Eran cientos de aves, que también estaban posadas en los senderos y en todos los espacios posibles. No se inmutaban siquiera cuando una persona se acercaba. Lo único que los asustaba eran los ladridos de los perros de un vecino, que los intentaban expulsar, para hacerse con el botín.

Al quinto y sexto día ya era imposible dormir en la vivienda, que estaba a sólo unos cien metros de la abierta y natural tumba del animal. El hedor subía con facilidad hasta la vivienda y entraba con aún más facilidad. La choza estaba rodeada de agujeros y rendijas. Como el nivel del sitio del cadáver estaba más bajo, el olor seguía el sentido contrario que el de la fuerza de gravedad. Es la ley de la expansión de los gases, si es que existe alguna… La descomposición aumentaba y ese olor tan nauseabundo parecía aprisionarme, como queriendo envolverme y traspasarme.

Cuando despertaba, a eso de las dos o tres de la mañana y sentía ese olor tan desagradable, el campesino pensaba si los productores de películas de zombis se habían inspirado en parte en este tipo de olores para montar esas escenas de cadáveres que se movían entre las penumbras, como las penumbras que había en derredor de la choza y más abajo, donde estaba el cadáver de la vaca.

Luego, la reflexión tomaba parte de su mente y le llevaba a pensar cómo había gente que dejaba morir a sus animales (que no eran, en realidad, suyos sino del pueblo), abandonándolos a su suerte, sin llevarles alimentos, sin preocuparse de vacunarlos y sin aprovechar la leche que producían aquellas flacas vacas que arrastraban a sus becerros como si fueran unas pordioseras, gimiendo por las noches en espera de algún tipo de atención.

Los animales, desesperados por el hambre, se abalanzaban sobre cualquier pedazo de tierra en donde se veía algún tipo de pasto o maleza que pudieran ingerir. Y en esos desesperados impulsos arrastraban consigo cualquier obstáculo. No había portones ni cercas que se les resistieran. Si había una profunda zanja, la saltaban. Pero no siempre el salto era acertado y por eso ocurrían accidentes como el que sufrió esta pobre novilla.

Lo del olor era una cosa. Pero esto era sólo el comienzo. Dentro de poco empezaría una invasión de moscas, nacidas de los millones de gusanos que en esos momentos estaban compitiendo con todo tipo de bacterias en la inmensa mole de carne.

Con ellos venían las infecciones y el riesgo de contraer enfermedades. Además, el agua que correría por la quebrada llevaría los restos a una acequia o caño. Así, las infecciones viajarían libremente con el agua y algunas parcelas más abajo, más de un niño bebería de aquel infectado líquido.

El anciano intentaba dormir, pensando en todo eso y soñando porque algún día los propietarios de los animales se preocuparan de ellos y los trataba en forma más humana, no en el sentido de tratar a los animales como seres humanos sino comportarse ellos como tales y tratar bien a esos desamparados animales, por el bien de los animales mismos, por el bien de la comunidad y por el bien del país.

 

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